Limadito

Porlamenesunda. Limadito Porlamenesunda.

Archive for September, 2009

Odisea en el 318

Una de las cosas que más me sacan es la falta de respeto hacia el otro, y hace unos días sufrí en carne propia un episodio digno de ser narrado.

El auto estaba en el taller, por lo que me estaba movilizando en colectivo. Como para volver a casa lo tomo en una de las cabeceras, pude elegir tranquilamente el asiento: hilera individual. El colectivo comienza su recorrido. De pronto, un muchachote (unos 25 años), sentado en la hilera doble a mi misma altura, saca de su bolso un celular y empieza a escuchar música. Sin auriculares. ¿Estilo elegido? ¡Cumbia, nena! :-{

El celular parecía ser un Sony Ericsson, sonaba bastante fuerte (demasiado para mi gusto). Así que agarro los auriculares de mi teléfono, inicio el reproductor multimedia y me dispongo a combatir con todas las armas a mi alcance la andanada de basura sonora que me llega desde la derecha. ¡Rápido! ¿Por dónde empezar? ¡Ah, por supuesto! ¡Pink Floyd, Dark side of the moon! ¿Acaso Floyd podría decepcionarme? Promedia “On the run” y todavía escucho los tachines-tachines del guanaco sentado en la hilera doble. ¡Horror! Quienes afirman que los auriculares tapan los ruidos ambientales deberían de haber experimentado ese momento. ¡Nada! (y no estoy dispuesto a quedarme sordo subiendo el volumen…). La cacofonía berreta aturde.Aparte de berreta, autoreferencial confundido: se distinguían alaridos con frases como “El Original”, que de original no tiene nada.

Sigue “Time”. El flaco empieza a prepararse para bajar, sin molestarse en apagar el celular. LLega a su esquina, y se baja del bondi. Puedo disfrutar del resto del viaje en paz.
Suena “Breathe – Reprise”

Home, home again/I like to be here when I can/
When I come home cold and tired/Its good to warm my bones beside the fire

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De cuando detoné un brote en un operario…

Hace un tiempo, un incidente me demostró nuevamente lo frágil de la mente humana (sigo con los textos ampulosos… muejeje).

Una de mis funciones en la empresa cosiste en controlar gente de otros sectores mientras desarrollan cierta actividad sumamente específica, pero vital para el normal desarrollo de la planta. Habitualmente, el personal que la ejecuta va rotando dentro de cada sector. Uno de los empleados, digamos que se llama M, y con quien tengo una excelente relación laboral, se distingue de los demás por su apego al trabajo en medio de un sector en el cual es mayor esfuerzo realizado por la mayoría es, precisamente, para trabajar lo menos posible. ¿Me siguen?

Esa mañana M (en plena ejecución de tareas) me divisa desde un extremo de la planta. Empujando una zorra hidráulica cargada con dos tambores de 200 litros, pasa raudo junto a mí, pasa una puerta de seguridad (abierta), se le cae uno de los tambores, lo levanta, atraviesa otro sector, pasa a un patio interno. Comienza a repetir incesantemente cosas como “Yo me rompo el c*l* trabajando, no sé por qué me controlan a mí, controlen a los demás que se roban todo” (básicamente, yo era el blanco de esta sentencia), “Que me suspendan, no me importa, por lo menos descanso una semana”, y otras cosas, mientras cuatro personas (incluido un servidor) intentaba calmarlo. M tiene contextura física más bien delgada, pero de pronto agarró uno de los tambores (200 lts, lleno), lo levantó por encima de su cabeza y lo arrojó a un volquete. En medio de esta situación aparece el gerente de RRHH alarmado por la alharaca y se lo lleva para “hablar”.

Es vox populi en la empresa que M padece cierto tipo de afección que lo obliga a tomar medicación para controlar su temperamento: cuando los toma, no presenta problemas en el trato. Más tarde confesaría que hace meses no estaba tomando los fármacos prescritos porque “lo tiran muy abajo”. Tras una serie de consultas médicas, volvió al tratamiento. No promoví ninguna sanción contra él. No daba.

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